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Йl dependiente, un hombre mayor de ojos pequeсos y pasos suaves, se acercу a ellas.
— їEn quй puedo servirlas, seсoras? — Era bastante cordial. Cordelia supuso que las mujeres Vor debнan de acudir allн en ocasiones, para comprar obsequios. Pero por el tono de voz que habнa utilizado, el hombre bien podнa haber dicho: «їQuй andбis buscando, pequeсas?» їLas subestimaba por medio del lenguaje corporal? No valнa la pena preocuparse.
— Estoy buscando un bastуn de estoque, para un hombre de un metro noventa, aproximadamente. Debe de ser mбs o menos… asн de alto — calculу recordando la altura de Koudelka y seсalando su propia cadera -. Con vaina de resorte, tal vez.
— Sн, seсora. — El dependiente desapareciу y regresу con un modelo en madera clara, con complicadas tallas.
— Me parece un poco… no sй. — Vulgar -. їCуmo funciona?
El dependiente le mostrу el mecanismo de resorte. La vaina de madera se deslizу para revelar una hoja larga y delgada. Cordelia extendiу la mano y, de mala gana, el dependiente se la entregу a su guardaespaldas. — їQuй opinas?
Primero Droushnakovi sonriу, pero luego frunciу el ceсo.
— No estб muy bien equilibrada. — Mirу al dependiente con incertidumbre.
— Recuerda que trabajas para mн, no para йl — seсalу Cordelia, identificando la conciencia de clase que motivaba su actitud.
— Dirнa que la hoja no es muy buena. — Es de una excelente hechura Darkoi, seсora — se defendiу el hombre con frialdad.
Con una sonrisa, Cordelia volviу a cogerla. — Vamos a probar su hipуtesis. Alzу la hoja bruscamente en posiciуn de saludo y se lanzу contra la pared en una diestra extensiуn. La punta se clavу en la madera y Cordelia presionу sobre ella. La hoja se partiу. Con rostro imperturbable, le entregу los pedazos al dependiente.
— їCуmo logra mantenerse si sus clientes no viven lo suficiente para comprarle mбs de una vez? Siegling's no debe haber adquirido su reputaciуn vendiendo juguetes como йste. Trбigame algo digno de un soldado decente, no una burda imitaciуn.
— Seсora — dijo el hombre con dureza -, debo insistir en que pague la mercaderнa daсada. Fuera de sн, Cordelia le respondiу: — Muy bien. Envнe la cuenta a mi esposo, el almirante Aral Vorkosigan, a la Residencia Vorkosigan. Y de paso explнquele por quй intentу venderle algo de mala calidad a su esposa… alabardero.
Esto ъltimo fue sуlo una conjetura basada en su edad y en su forma de caminar, pero a juzgar por sus ojos Cordelia comprendiу que habнa dado en el clavo.
El dependiente hizo una profunda reverencia.
— Le ruego que me disculpe, seсora. Creo tener algo mбs apropiado, si
me hace el favor de aguardar.
El hombre volviу a desaparecer y Cordelia suspirу.
— Comprarle a una mбquina es mucho mбs sencillo. Pero al menos he comprobado que el uso de la autoridad funciona tan bien aquн como en casa.
El siguiente bastуn era de madera oscura y lisa, con un pulido satinado. El dependiente se lo entregу sin abrirlo, e hizo otra pequeсa reverencia.
— Presione el mango aquн, seсora.
Era mucho mбs pesado que el primero. La funda se deslizу rбpidamente y fue a dar contra la pared opuesta. Cordelia estudiу la nueva hoja. Estaba decorada con una extraсa filigrana que reflejaba la luz. Ella volviу a colocarse en postura de saludo y alcanzу a ver la expresiуn del dependiente.
— їTendrб que pagarlos de su salario?
— Adelante, seсora. — Habнa un pequeсo brillo de satisfacciуn en sus ojos -. No lograrб romper йsta.
Cordelia la sometiу a la misma prueba que a la anterior. La punta se clavу mucho mбs profundamente en la madera, y apoyбndose con todas sus fuerzas, apenas si logrу doblarla. Сo obstante, se dio cuenta de que aъn no habнa llegado al lнmite de su flexibilidad. Entonces se la entregу a Droushnakovi, quien la examinу amorosamente.
— Йsta sн que es buena, seсora.
— Estoy segura de que se utilizarб mucho mбs como bastуn que como espada. De todos modos… es necesario que sea de calidad. Nos llevaremos йste.
Mientras el hombre lo envolvнa, Cordelia se detuvo junto a un estuche de aturdidores decorados con esmalte.
— їEstб pensando en comprar uno para usted, seсora? — preguntу Droushnakovi.
— No… No creo. Barrayar tiene suficientes soldados sin necesidad de importarlos de Colonia Beta. Lo que sea que haya venido a hacer aquн, no tiene nada que ver con la vida militar. їVes algo que te interese?
Droushnakovi adoptу una expresiуn pensativa, pero sacudiу la cabeza y se llevу una mano a la chaquetilla.